Después
de alguna lucha malograda frente a su existencia se preparó para comparecer
frente a sí mismo y hacer justicia. Y es que la vida toma partida en tus hechos
cuando más desprotegido te encuentras.
El
acusado se sentó en el banquillo por no haber respetado el contrato que
hicieron un día dos amantes, y haber cometido faltas graves que atentaban
contra ese acuerdo, entre otras haber matado el amor. Una vez terminado el
juicio, al acusado se le impusieron seis meses de continuos lloros y velatorios
a todas horas por la muerte causada, la incapacidad de proseguir con su vida y
la imposibilidad de proponerse nuevas metas. Recurrió la sentencia, pero era
demasiado tarde, la vida no permitía recurrir los castigos impuestos y ella,
por más que él lo intentó, no retiró la denuncia.
Durante
esos seis meses nuestro acusado llegó a perder la esperanza de una vida
diferente, dotó a su existencia de un sin sentido y esos seis meses de
inactividad se le hicieron eternos. La prisión en la que habitaba era su
pasado, el espejo en el que se miraba cada mañana le recordaba que ya nada
sería como él había planeado, las largas horas perdidas le demostraban que no
había nada que hacer para disminuir la sentencia impuesta. Los hechos que
acaecían en su vida los sentía ajenos a él, tanto, que se encontraba
indiferente a la realidad. Intentó por todos los medios fugarse de su propia
celda, pero no pudo. No podía. Contaba las horas que restaban a su puesta en
libertad… A veces soñaba y jugaba a ser libre, pero cuando despertaba de ese
sueño, su pasado y su condena le atrapaban de nuevo, para volver a torturarle,
otra vez.
Finalmente
su condena terminó.
Y los
lloros desaparecieron, estos fueron cambiados por sonrisas, la inseguridad de
no saber que hacer con su vida fue canjeada por ilusiones y metas, y el interés
por vivir le fue devuelto.
Y
entonces, el autor del relato, tras escribirlo, se preguntó por qué si había
terminado su condena y había conseguido ser feliz y a apreciar el tiempo que
tenía, era incapaz de narrar cosas que carecieran de un tono oscuro, triste y
melancólico.
Quizás…
quizás la condena no había terminado.